MARTÍ ESTÁ EN LA DICHA DE NUESTRA NATURALEZA.

Muchos dicen que con la muerte llega el olvido. Pero la razón les asiste en un diminuto grado de justificación. No es menos cierto que la pérdida de los seres más preciados anida en todo corazón la sensación de desgarre infinito, se nublan los ojos con las gotas del amor y el alma se recoge muda en gritos.

Por instantes, puede que no estén en el mañana. Más, se repararán en el futuro si ellos _los ausentes_ nos señalan el camino con el legado construido en el andar de sus vidas. Afortunadamente, para el que logró sembrar el bien en el surco de los suyos, vivirá su fruto en la modestia de los que lo imitan para honrarlo.

En una pequeña pero profunda mirada a la historia de nuestra Patria, se observa que muchas luces centellean en las raíces de sus páginas. La pléyade de mujeres y hombres que han entregado sus cuerpos enteros a la tierra que les dio su  nombre (Cuba-nos)  recibieron de ella, también los que hoy obramos, la guía inmensa de quien con su verbo y actuar plasmó el camino difícil pero seguro a la independencia: José Martí.

La privación de su existencia física no mermó en ninguno de aquellos que agregaron sus ardores por este presente. Ellos sintieron que el Maestro tocó con mesura y rescoldo de pasión sus fibras, y la brasa engrandecida los hizo hermanos como árboles al ponerse en filas de combate contra el gigante despiadado del norte y sus oportunistas feudatarios.

El Apóstol desplegó entereza y perseverancia, y levantó toda una masa de pueblo con la hermosa y dignificante bandera de la unión por el bien del hombre. Desde que alzó su voz juvenil para condenar la injusticia, él quedó en la dicha de nuestra naturaleza y se hizo universal.

El ejemplo de Martí no ha sido una horma para acomodar a la inteligencia, sino una guía honrada para fortalecer el carácter, una poesía que enamora el optimismo para crear y una canción que llama a ser flor y no producto estéril. Toda una humanidad se alimenta de su sapiencia y fundación.

Desde su nacimiento el 28 de enero de 1853 conocidos, amigos y enemigos se han estremecido con su temple. Jóvenes de todas las posteriores generaciones han encontrado en él la fuente redentora que invoca a la lucha contra la opresión y a dar paso dulcísono al ejercicio íntegro de nuestra marcha.

Vivir su vida entre lecturas, en su enorme obra, sentir el sudor de su frente para gozar su esfuerzo y llevar su acto a la realidad del nuestro, es burlarse de las sombras de la defunción. Solidificar su discurso en el nuestro, educarnos en su entero arrojo y proclamar con  patriotismo todo justo ideal, nos levanta como una antorcha más encendida en el firmamento.

Nos enfurece ese hender irrevocable cuando pensamos en la bala homicida que golpeó su cuerpo con el intento de apagar su verbo, pero vivimos llenos de orgullo sabiendo que la imagen del “Mentor de nuestra Revolución cubana” nunca se ha vuelto distante y oscura.

Y si alguien se atreve a sentenciar su inexistencia, cito las palabras de su entrañable amigo Fermín Valdés Domínguez cuando escribió al Coronel del Ejército Mambí Bernabé Boza: “Para todos los cubanos, para los que ofrecemos a la Patria el tributo necesario hoy de nuestras vidas, para los que sentimos en el corazón las grandezas que el genio supo encarnar en un hombre, para los discípulos y para los hermanos de aquel incansable apóstol de la verdad,… para esos, Martí no ha muerto”.

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